Estocolmo, Suecia

El tiempo se detuvo abruptamente.

 

Se escucha quedo el rugir de los peces subacuáticos,

el sigilo de los archipielagos y sus dedos,

el palpitar de las luces rojas.

 

No se escucha nada más.

 

Puedo oír, a lo lejos,

las pisadas del centinela en el faro.

Sentir el musgo de las algas petrificadas.

 

El aire se detuvo travieso

para zambullirse

en alaridos de niño

cubierto por melenas frías.

 

Estocolmo se volcó al mar;

se escondió cual niña

en los rincones de la humedad.

 

Ahora contemplamos los restos de dragón

grabados en las laderas del agua.

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