Glorieta Insurgentes

Andas en bicicleta,

Pisas suavemente los pedales para escuchar el tintineo de las ruedas.

Respiras árboles y rostros coreanos,

Desdibujas la rutina mediante una plegaria en movimiento.

Ves semáforos, recuerdas cómo era ser tú,

Vuelves a disfrutar de la suavidad con la que se mueven tus piernas.

Entras por una calle adoquinada con luces neón

Y, de repente, la calle se inclina hacia las profundidades,

No queda más que conectarte, a través de una de sus extremidades,

A ese vientre caliente que llamamos la glorieta.

El pasillo te bombardea de imágenes, de inciensos y celulares,

Ves pipas, boleros, lentejuelas,

Tetas, besos y risas.

El delirio de la ciudad converge en aquel oasis de cemento,

en aquel círculo que parece flanqueado por tanquetas rojas.

Y si te tomas el tiempo

y volteas hacia arriba verás aquellas nubes blanquecinas

aquellas, que sólo están en la noche, qué sólo están en la ciudad.

Glifos mesoamericanos se postran en comunión con el deambular desquiciado del vagabundo.

Pobreza, pereza, mezquindad,

Taquiza, maleza, zozobra.

Al final descubres, gracias a la Glorieta Insurgentes,

Que la Ciudad de México está poblada del último sonido del alfabeto,

Que las palabras se estiran hasta el resquicio de su origen para entenderse

Para configurar la condición esquizofrénica de nuestro lugar,

Para mamar nuestra supuesta identidad.

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