REFLEXIONES DEL CUERPO (1)

Siempre que uno intenta hablar de su cuerpo este se narra. Se forma cual espécimen imaginado que se ve en el exterior, es difícil, al menos para mí, hablar de mi cuerpo sin verlo como algo lejano a mí. Hablo de mi cuerpo tratando de compararlo con otros cuerpos. Imaginando las caderas de aquella señora de los cuentos, viendo mis cabellos como los de alguna niña en una película en la playa. Cuando imagino mi cuerpo, lo imagino con retazos de imágenes de otras mujeres, de otros cuerpos. Ahora, si en cambio, lo siento, entonces si estoy ante otra realidad. La mía, la no tan visual, la sensorial e interna. Sentir mis ojos es imaginar la retina como un receptáculo infinito, un tubo interior que se conecta con el espacio exterior, con la estrellas y lo negro. Es es el interior de mi ojo, al menos de mi retina, cuando cierro los ojos me sumerjo en un viaje capsular que se conecta con una vena recóndita que viaja por todo el cuerpo hasta las plantas de mis pies. Pensar mi lengua es un poco similar, la siento empiezan los bordes un tanto rasposos, circulares, con agilidad de exploradora, pero después trato de definir sus límites hacia atrás y no lo logro. La lengua se convierte en este pez-músculo que continua por la garganta hasta el estómago, o tal vez puedo definir el fin de mi lengua a la mitad de mi cuello, por donde empiezan una serie de círculos y venas que no lo dejan continuar con su camino juguetón.
Pensando en las otras partes del cuerpo, siempre me he puesto a pensar si es posible sentir el momento en que tu pelo se está produciendo. Si esa creación infinita y limitada a un espacio acotado puede emitir sonidos casi imperceptibles. Me parece interesante pensar en la gran sinfonía que ocurre todo el tiempo en mi cuerpo, ya sea las uñas creciendo, los cabellos, las pestañas, el sonido de una lagaña cayendo, el momento en que la piel muda y cambia en pequeños trozos, el sonido de las neuronas conectándose unas con otras, la cera produciéndose en mis oídos, una caries atacando mi muela. Sonidos, todo el tiempo sonidos que no se escuchan, sonidos que se imaginan. Sería bueno poder colocar un micrófono estereofónico a nuestros cabellos. Será que los cabellos lacios son menos ruidos que los chinos porque tienen que luchar menos para salir y empaparse de viento. Pensar en el interior de mis párpados es alucinante, los párpados para mi son entes bicéfalos, uno bien podría separarlos en dos y continuar con su cometido, siento que se juntan para poder soportar a las pestañas. Nada más apapachador que los párpados que se relajan para protegernos del exterior y dejarnos soñar un rato otros mundos. Creo que los párpados tienen alma de madre cariñosa, suavidad como susurros al oído.

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