Culiacán, Sinaloa

 

Uno se conoce a sí mismo cuando pisa las puertas del infierno.

 

Quien templa sus dientes al clavarlos en la mirada de aquél.

Quien ha visto cómo su alma es roída por sanguijuelas.

Quien se ha postrado en el laberinto verde ácido.

Quien en un deambular de cebra comulga con cocaína.

Sólo aquel vio, delirante, la risa macabra de la bruja y el hijo.

 

No era la ciudad, la poblada de gatos y de locos,

No eran las luces neón de los camiones,

No eran las manos grandes del lanchero,

Ahí no estaba el infierno.

 

No estaba en las cachuchas de los vencidos,

En las minifaldas rosas,

No estaba en el tamborileo de la rocola,

No estaba en las cadencias estridentes,

Aquella no era su residencia.

 

No estaba en las portadas de los periódicos,

No estaba en los cadáveres encaramados a la tinta,

No estaba en la pestilencia ni en el interior de las llantas.

 

Culiacán no era el infierno.

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