Reflexiones sobre el miedo (1)

A cualquier luz resulta extraño que una persona que está saliendo de la cárcel en lugar de enfrentarse a una sensación de plenitud; en el momento mismo en el que puede mirar al cielo y respirar sin los barrotes de acero pegados a la nariz, sus venas se llenan de escalofríos ante lo desconocido. Y no es que eso que está enfrente de él sea un enigma absoluto. Él conoce la calle que recorrió en el mismo momento en que se adentro a los laberintos del encierro, él sintió el mismo calor del sol radiante o el frío de las gotas o del viento. Ahora esos, en algún momento lejanos sueños, se han convertido en realidad. Y la realidad siempre es mejor, al menos en el primer momento, cuando está enmarcada por nubes bucólicas.

Un amigo me dijo una vez que yo sufría del síndrome de Estocolmo, ese síndrome extraño en donde la víctima termina enamorándose del victimario. Tal vez tenía razón. Lo único que sé ahora es que dejar las cadenas implica una inhalación aún más profunda de la que uno tomó en medio de la confusión al aceptar ponerse un yugo sobre la frente y asomarse a escudriñar los abismos.

Es extraño ver cómo numerosas películas que versan sobre cárceles, monasterios o cualquier suerte de encierro, retratan la historia de una de esas personas que no logró enfrentar la libertad. Retratan aquellos viejos a los que las vidas se les quedaron anidadas en los rezos y las caries, viejos que no lograron rescatarse de la miseria y la humedad. Quiénes en un intento desesperado por volver a la guarida del encierro optaron por el suicidio.

Si uno se pone a reflexionar sobre el miedo, llega a una maldita y única conclusión: él, como pocas cosas, se basta sólo. Termina siendo una serpiente de dos cabezas que al no acabarse de comer la cola, por inexistente, aborta otra pequeña lombriz en el vientre que refulge, cual colmillo dorado, con una nueva especie de miedo. Bien decía Franklin Delano Roosevelt, lo único que hay que temer es al miedo mismo. Peor aún cuando una sociedad completa es arrastrada por él. Cuando las caras de los niños y los viejos encuentran el terror en los ojos del prójimo. Yo ilustro al miedo como aquella vorágine llena de encías, dientes y moho que corroe los intestinos de la esperanza. El miedo, cual jinete de ráfaga carmín, trae dentro de los sobacos hachas y locura desenfrenada.

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