Reflexiones sobre la locura (1)

Pregunta acuciante: el origen de la locura. Si intentáramos esbozar un orden de progreso a la locura ¿tendríamos que fijar un inicio? Podríamos ser tan ingenuos como para decir he aquí el lugar exacto, la fecha exacta, la lágrima precisa en donde todo este embrollo esquizoide comenzó.

La locura es una suerte de marca. Línea divisoria entre los otros y yo. Si ponemos como supuesto que la locura se gestó en algún momento tendría que ser aquel en donde uno (en calidad de loco emergente) ya no se siente uno, o si le gustan los tintes paranoicos, pensar que su yo es usurpado (de ser esto posible). O el asunto se registrará del lado opuesto, donde el yo cesa de marcar fronteras entre el árbol y la mano.

¿Cómo podríamos apresar ese momento en donde la cara cordial se trastorna en una demoníaca? ¿Por qué la percepción se distiende como plastilina en manos de un niño? Pensar en la locura es pensar en distorsión. El mundo distuerto (eludiendo a la visión errabunda del tuerto).

Los tuertos pueden llegar a perder la percepción de la tercera dimensión; pensar que el mundo se puede convertir en una imagen plana como tarjeta postal puede conducirnos a la locura. Lo distuerto es el momento en el que cambias un ojo por otro, una identidad por otra y conviertes a tu mundo en otro. Desfiguras un mundo para pertenecer a él como mero extranjero, extranjero creador. Y es que Dios nunca habitó el mundo. Crear un mundo distuerto es pensar en un mundo de demiurgos inconsistentes. Creación meramente solitaria.

Caso cerrado de soledad absoluta: la mente poseída, el cuerpo loco. ¿Quién siente los arañazos de la locura, ese mundo externo o el otro, el interno? Es imposible cerciorarnos de la posibilidad de esos otros mundos creados por el delirio. ¿Sería posible fijarlos en un territorio, en un universo distuerto?

El ojo tuerto se caracteriza por su existencia inútil, tenemos un ojo que cesó de funcionar y ahora lo tapamos como evidencia de su imposibilidad. Podríamos pensar en dos mentes que juntas ven un mundo razonable, un mundo de diálogo constante con el prójimo, de verdes empalmados con otros mismos verdes. La locura podría ser aquel momento en que una de las mentes, como el ojo tuerto al perder la cualidad que pensábamos única, se voltea hacia dentro. Lo blancuzco del ojo inmóvil deja adivinar una pupila inmersa en otros territorios. Las dos mentes se unen en una visión paralela, por no decir parapléjica. Ese podría ser el momento en que la sonrisa se derrite para verter su pintura en chorros de sangre. La locura es una visión saturada, sobreexpuesta. Convierte los contornos en borrosidades.

Por qué los locos tienen esa mirada espantada como petrificada en una escena irreversible.  Los locos responden a tus preguntas pero su voz viene de otro espacio, de una caja hueca. La risa se vuelve de hielo, como de otros habitantes lejanos. Se ven en aquellas miradas pétreas bebés muertos caminando en una pasta grisácea. Será simple dolor, la locura.

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