Reflexiones sobre el cuerpo (2)

Tendría que pensar mi nariz como la ventana a los mundos ocultos, a aquellos transparentes, cálidos y corruptos que viajan solamente a través del olor. Así pienso a los vellos de esa cavidad rosa y profunda como pequeños ejércitos burocráticos que procesan la vida en dulces y amargos, en ácidos y calientes. Ninguna compuerta tan utilizada como nuestras narices, abiertas a todas las posibilidades, que transforman lo externo en interno para transformarlo en quién sabe qué. De la misma forma están las orejas, misteriosas ratas enraizadas a la cabeza, extraños artefactos revueltos y enroscados uno sobre del otro para poder llegar a un extraño hueco que se gesta a los lados de mi pensamiento. Siempre será absolutamente intrigante poder hacer una exploración en un globo aerostático al interior del oído, para salir triunfante por el otro resquicio de la cabeza. Un viaje al fondo del oído sería, para mí, similar al viaje al centro de la tierra, viscoso, rojo y caliente. Los dientes, esas pequeñas piedras, nada más extraño que la carne productora de mineral, las encías cual pulpos iracundos crean bolitas de adrenalina que acaban transformándose en poderosos marfiles. Nada más extraño que el iceberg que anuncia la salida de un nuevo diente, cómo esas raíces pétreas se incrustan en la suavidad de la boca para después despeñarse por el viento del tiempo.
Después viene el cuello, objeto de placer máximo, sensualidad pura. Nada más sensual, al menos en mi perspectiva, que el cuello de una mujer. Cuello, reactor altivo, potente entraña. ¿Qué sería del sexo sin el cuello? Mero jaloneo sin pasión. La garganta está llena de luz amarilla.
La columna con sus delicados trazos que giran al unísono se estiran de igual forma. Nada más estético que la columna vertebral, lugar fértil para la imaginación de cualquier músico. El instrumento más perfecto y armónico, lleno de gritos, de rasgaduras, de compases y reveses. Pero si pensamos en el lugar más íntimo, aquel que habla de ti, de la persona que miras y respira, ese lugar es por excelencia la axila. No puedo pensar en un lugar más resguardado, mejor confeccionado a tu estilo, espacio de protesta social, abanico de esencias, boca de tus entrañas, espacio de placer y vergüenza. La axila tiene alma de hombre embustero de la edad media, señor secundario de cuentos alternos que prueba la calidad de la moneda con la rasgadura de sus dientes. Inicio de los brazos, gacelas aladas, fabricantes de sueños y horrores, pinzas de interacción con aquellos. Mis brazos tienen la tendencia de cobrar vida propia, como si en algún momento dijeran “mira cuerpo, la verdad es que ya no te soporto, y pues, me voy a escapar a tierras francas por un rato”, así se sueltan para jugar con el aire, para esconderse detrás de una silla, para pensarse como agentes secretos quienes harán un informe para las rodillas comandantes. O tal vez, no, tal vez son las uñas las que mandan, las corazas que cobijan mis dedos. Termómetro de enfermedades, uñas puntiagudas, uñas pintadas, uñas mordidas, uñas largas, uñas para la comezón.
Pensar en los senos siempre será un misterio, espacio formado después del nacimiento y revestido de gorros enardecidos; tengo la creencia de que el amor maternal viene de los senos. Cuando algo te provoca ternura, ésta se siente en los senos.
El hotel de emociones por excelencia es mi estómago, el que se dedica a hacer replica de mi toda hazaña. Concierto engalanado de vergüenzas, viscosidad y tragedia en su esplendor. Maquinaria de plena revolución rusa con hoz soviética es la que radica en el centro de mi cuerpo.

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