Desierto

Ella estaba sentada en un bar. Se encontraba rodeada de hombres hablando un idioma que no lograba descifrar. Mientras fumaba un cigarro se acordó de aquel amor pasajero. De las palabras dichas, de aquella cena en dónde los dos estaban sentados en un restaurante a la orilla del Danubio y se vieron fijamente a la cara. Fue en ese momento, y sólo durante un instante, que los dos aceptaron, hacia ellos mismos, que se habían enamorado. Sonrieron tímidamente y, sin decirse nada, regresaron a la misma plática pasajera, plática de comida y política.

Como siempre, ella había escogido a alguien que estaba a punto de partir a otro continente para comenzar un amorío. Pensar en alguien que se pudiera quedar, inconscientemente, le aterraba.

Él siempre entraba al terreno del sexo sin buscar amor, sabía que las mujeres eran demasiado fuertes y complejas para ganar en cualquier batalla que comprendiera el corazón. Él, desde hacía mucho tiempo había dividido su mundo en compartimentos. Aquel de las mujeres estaba etiquetado con el sexo. Eso no quería decir que pensara que las mujeres no tuvieran valor o profundidad sino que sentía que él se diluía en el momento en que se involucraba amorosamente con alguien. Así, había decidido arrojar su pasión a su trabajo; a pasar mañanas y noches enteras a sus trazos, al delineamiento perfecto de su próximo proyecto. Las mujeres podían ser sus amantes, incluso podían ser sus más íntimas amigas; pero nunca buscaba encontrar un resguardo fundado en el amor pasional.

Ella no confiaba en los hombres, tenía la absoluta certeza de que ningún hombre podía enamorarse de una mujer. Para ella, lo único que interesaba a los hombres en el terreno del amor era el sexo, pornográfico de preferencia, y las risas. Era así de simple, para ella las mujeres eran siempre insuficientes a los ojos de los hombres.

Ninguno de los dos entendía que era lo que tanto les atraía del otro. Tal vez era simplemente el olor del otro y saber que podían dormir tranquilos el uno al lado del otro. La vida les había enseñado que eso era difícil de encontrar. ¿Eso era todo?

Los dos sabían que hablaban idiomas distintos, perseguían distintos sueños, frecuentaban gente diferente. Los dos creían tener más razón que el otro. Ella pensaba que su mundo era más profundo, rodeada de amistades que buscaban cambiar los rumbos de la política nacional. Él pensaba que la vida era saber disfrutar de las pequeñas cosas. Ella necesitaba un discurso ulterior para poder disfrutar aquellas pequeñas cosas, buscaba una suerte de misión que dignificara las hazañas del día a día. Él se encontraba constantemente aburrido de sus amistades, de sus pláticas insulsas. Ella tejía un mundo solitario en donde sus amistades confirmaban que el amor romántico y la familia eran conceptos que fortalecían el sistema contra el cual luchaban.

Un día, él tomó el avión que lo llevaría a otro país. Ella se despidió de la manera más distante posible. Ni siquiera se besaron al despedirse. No era apropiado para ninguno de los dos. No era importante, los dos se decían a ellos mismos.

Así continuaron. Ella con sus libros, sus ideales y sus dilemas. Él con sus amoríos, sus proyectos y sus fiestas. Todo estaba como siempre había estado, ninguno había perdido la batalla.

De vez en cuando se escribían cartas. Él lo hacía pensando que podía establecer una amistad más, una de esas amistades fundadas en la constancia más que en la afinidad. Ella, aunque sorprendida por recibir cartas de alguien que consideraba ya parte del pasado, contestaba por cordialidad. Ella pensó que después de una semana él encontraría a alguien más y dejaría de escribir como todos los otros lo habían hecho. Él seguía escribiendo porque eso era lo que él sabía hacer, continuar las amistades.

Para ella, la amistad únicamente tenía sentido cuando había algo de qué hablar, para ella entre los dos no había nada más que decir. Aún así, perpleja y emocionada, seguía respondiéndole. Los dos se contaban de sus paseos por ciudades distantes, de sus ideas, incluso se involucraban en discusiones de política mundial. Las cartas se fueron haciendo cada vez más cortas. Parecían una mera sucesión de hechos, crónicas sin receptor, una de esas crónicas que se escriben a las madres para que no se preocupen cuando los hijos están fuera del país. Hasta que un día, él simplemente olvidó contestarle. Pasaron semanas, meses.

Llegó el día en que él tenía que regresar al aeropuerto a tomar el vuelo de vuelta a aquella ciudad a las orillas del Danubio. Como siempre, empacó sus cosas, respiró profundamente, se asomó por la ventana y vio al taxi que lo esperaba en la calle afuera del edificio. Sabía que iba a extrañar ese cuarto, la piscina en la azotea, a sus compañeros de piso. Recordó el día en que había llegado a ese lugar y se dio cuenta de todas las amistades nuevas, de todos eses momentos llenos de risas y sintió algo en su corazón que no supo distinguir. Tomó las maletas y bajó las escaleras rápidamente.

En el momento en que entró en su viejo cuarto se sorprendió de ver todo en el mismo sitio. El mismo mapa colocado en la parte izquierda de la pared. Las maquetas estaban intactas en la misma repisa del mismo librero. No podía entender cómo era que todo había permanecido igual cuando para él todo había cambiado. Se tumbó en la cama y se puso a mirar el techo. Por primera vez en mucho tiempo se acordó de ella. ¿Por qué no había sabido nada de ella en tanto tiempo? Se acordó que él no había contestado a la última carta.

Una vez más, en aquel ritual suyo de continuación de amistades, decidió escribirle diciéndole que ya estaba de vuelta y que sentía mucho no haber escrito en tanto tiempo. Ella le contestó que había comprado un vuelo con rumbo al desierto para el día siguiente y que regresaría en un par de semanas. Prometió platicarle de sus andanzas cuando volviera.

Un hombre de voz suave le pregunta si quiere beber una copa. Al principio ella no entiende, después responde “no, muchas gracias, regresaré al hotel, estoy cansada”. Sale de aquel bar. Son las tres de la mañana. La ciudad está llena de polvo, silbidos y gritos se escuchan por doquier. Toma aire y llama a un taxi – “A la plaza principal, por favor”. Ahí está su mundo, mundo lleno de misterios, de incongruencias, tan complejo e inalcanzable como ella siempre quiso y se pregunta si volverá a verlo.

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