Llegada

Se sentó en la orilla de la cama.

Murmuraban atrás de la ventana las patrullas, los gritos y los rezos. Era una ciudad ruidosa como cualquier ciudad árabe. Pronto retumbaría la chicharra que anuncia cada noche el toque de queda. Después de ese sonido la ciudad cambia, se vuelve espesa.

La colcha era rosa, tenía un brocado de flores deslavado que en algún momento fue elegante, el colchón también estaba desvencijado.

Pareciera como si una bomba hubiera estallado adentro de su cabeza. Todavía estaba mareada, podía escuchar un zumbido por entre sus pensamientos y sus oídos.

A lo lejos escuchó el sonido estridente que anunciaba el cese de actividades. La luces se fueron apagando una a una hasta que la ciudad se envolvió de silencio.

Casi imperceptiblemente, como si ella no fuera ella, como si se hubiera salido de su propio cuerpo, podía ver cómo sus mejillas se llenaban de lágrimas calladas. Pasaron unas cuantas horas. Parecía como si el tiempo se hubiera detenido, como si en lugar de una habitación de un hotel estuviéramos viendo un cuadro pintado por Edward Hopper.

A lo lejos se escuchó el primer rezo del día, pronto saldría el sol. Ella seguía sentada en la orilla de aquella cama, a canto a la ventana.

Finalmente se levantó, se acercó a la maleta café que estaba sobre la alfombra y abrió el cierre con mucho cuidado. Ahí estaba: su vestido de novia, el vestido más bonito de este mundo. Su madre se lo había regalado deseándole toda la felicidad posible para su nuevo hogar. Recordaba el momento en que se lo había probado. Nunca había sido tan feliz. Al mirarse en el espejo imaginaba la sonrisa de Ibrahim, su mirada intensa, las palabras que le diría una vez que la fiesta hubiera terminado y los últimos invitados se hubieran ido; una vez que estuvieran solos y plenos de estar el uno al lado del otro desafiando cualquier guerra, cualquier frontera. El amor lo puede todo – pensaba.

Volvió a cerrar la maleta. Se sentó nuevamente en la cama rosada. Descolgó el teléfono, era un teléfono viejo, de los que todavía tenía discos giratorios para marcar. Se escuchó cada número.

Una mujer estaba al otro lado de la línea.

Mamá – atinó a decir con una voz entrecortada por la angustia. Fue una de esas palabras que duelen en la garganta antes de poder salir a la realidad.

¿Qué pasó hija? ¿Estás bien?

– Lo mataron.

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