Ville-Dieu

“¡Viva la miseria!” Gritó Moussa a Ahmed.

“¡Viva!” Le respondió desde el cuarto de la esquina donde vendía aparatos electrónicos desvencijados. Estaba rodeado de luces y televisores que transmitían canales de televisión gratuita francesa.

Todavía no llegaban los clientes. Era agosto y hacía un calor insoportable. En las noticias habían pronosticado 40º centígrados.

El camino de polvo que unía una bodega con la otra era uno de los lugares más inhóspitos que había conocido. Afuera de los bodegones colgaban un sin fin de objetos inútiles y tristes. Una ropita de bebé con algunos agujeros; sábanas con manchas de sexo viejo, sexo pasado; la recepción de algún bar abandonado y muchas lámparas con focos de distintos colores.

Los franceses llegarían pronto, llegarían a oler los muebles viejos y a pensar en cómo acomodarlos en sus minúsculos departamentos rentados en la periferia de Toulouse.

Ahmed era un hombre silencioso, de esos que sonríen para inmediatamente después bajar la mirada, tenía labios resecos y ojos color miel. Moussa era un joven fuerte, flaco y muy alto con el cabello ensortijado y una sonrisa tan amplia como el maldito mar que había cruzado.

Ahmed tenía 33 años, Moussa 28. Ambos habían llegado a Europa por el Mediterráneo. Uno por Italia, el otro por España. Los dos habían perdido, ya, cualquier contacto con sus familias y se esforzaban cada día en olvidar sus recuerdos de adolescencia, los olores de su casa, los nombres de sus viejos amores. Los dos estaban conscientes de que nunca regresarían a Marruecos. Ya habían arrojado los dados en la mesa.

“Hay hombres a quiénes lo único que nos queda es celebrar la miseria” me dijo Moussa con una sonrisa entrecortada.

Me habían enviado de una revista de diseño de muebles con el encargo de escribir un artículo sobre el reciclaje de mobiliario y las tiendas vintage en el sur de Francia. En aquella época vivía en Barcelona, compartía el piso con una chica de Murcia, vivíamos cerca de la Recoleta. Ella estudiaba psicología y coqueteaba con el lesbianismo radical. Yo todavía no encontraba mi lugar en la ciudad. Había empezado una relación poco profunda con un arquitecto italiano y aún no lograba consolidar un grupo de amigos. Barcelona era linda en verano y confusa en otoño. Pareciera que nunca fuera auténtica. Trabajaba en la revista Neo-diseño desde hacía 4 meses para pagar mis estudios de maestría en la UB.

El momento en el que el jefe de redacción me había pedido hacer el artículo no tardé en hacer mis maletas y tomar la carretera. Fue una delicia poder manejar con el mar a mi costado derecho para después atravesar los Pirineos. Dejar Barcelona atrás y a Mario con sus proyectos, a los compañeros de clase y el ruido de los turistas.

Nunca antes había estado en Francia pero algunas clases en una primaria con presunciones burguesas me habían enseñado las herramientas básicas para sobrevivir. Podía incluso pronunciar la erre francesa de un modo un tanto parisino que a las personas del sur francés les hacía mucha gracia.

Tenía tres días para conocer la mayor cantidad de mercados de pulgas y proveedores de muebles viejos de los alrededores de Toulouse. Fui a todos los mercados que pude, los que estaban en los callejones del centro, los escondidos debajo de los puentes, los que se ponen únicamente los fines de semana, los marcados en el mapa turístico y los boutique para clientes famosos. Todos los tenderos apuntaban a la Ville-Dieu cuando les preguntaba por el origen de los muebles.

La Ville-Dieu era un pueblo situado a 4 kilómetros al este de una ciudad rosada cuyo nombre empezaba con M. La Ville-Dieu debía tener aproximadamente 150 habitantes, sesenta de los cuales vivían en una comunidad en medio de un campo de girasoles y de trigo. Sesenta personas que habían perdido el rumbo normal de la vida, sesenta personas que se habían quedado completamente solas, que habían perdidos los dientes y la cordura, sesenta personas que se habían enfrentado a la guerras y las dictaduras, a la policía y a la manía. Había todo tipo de historias en esa comunidad llamada la Ciudad de Dios.

“Me casé a los 18 años, ella era hermosa y yo la adoraba. El mismo día de la boda tuvimos un accidente en la carretera y ella murió. Ya no tenía nada más que soñar. Mi pueblo me recordaba a ella, mi familia ni siquiera se atrevía a verme a la cara. Tenía que escapar. No le dije nada a nadie, ni siquiera a mi mejor amigo; tomé mis maletas y me fui en la noche rumbo a España”.

“Los españoles no son muy amables”, me dijo con una mirada entre coqueta y desafiante. “Se está mejor en los países del norte, donde tienen más dinero y menos problemas. Pero tampoco es fácil, nunca y en ningún lugar será fácil ser ilegal.”

Los dos habían terminado en la cárcel alemana, en una ciudad fronteriza. Habían sido atrapados por un hijo de puta policía que disfrutaba la vida al ver la cara de terror de gente pobre y sin defensa. En la vida siempre te vas a encontrar con hijos de puta me decía mi madre, claro que no siempre arruinan tu vida. Moussa y Ahmed estaban fichados en los récords europeos de ilegalidad y delincuencia. No había nada más que hacer. Habían sido parte de un operativo en donde 30 personas habían sido encarceladas.

“El miedo se apodera de uno de una forma indescriptible e inesperada” me dijo Ahmed mientras se preparaba para contarme una breve historia. Los tres estábamos sentados en una mesa afuera de la cocina, el sol ya había bajado y la noche estaba fresca. Estábamos cansados pero disfrutábamos de la inmovilidad del campo francés y del sonido de nuestros cigarros. Había muchas estrellas esa noche.

“El otro día estaba limpiando la cocina, estaba solo, todos se habían ido a Toulouse a hacer las compras y a arreglar algunos asuntos burocráticos. Era tarde ya. Me asomé afuera de la ventana y vi una luz verde que parpadeaba.” continuó Ahmed. “El terror se apoderó de mí, sentí escalofríos por todo el cuerpo y busqué el mejor lugar que pude para esconderme. Me quedé ahí por al menos 2 horas, casi paré de respirar, no quería que me descubrieran. Sabía que la policía estaba afuera y que estaban buscándonos. Nos habían encontrado, pensaba. Maldita sea. Pensaba en la cárcel de Alemania, en mi madre, pero ninguno era un pensamiento contínuo, todos se entrecortaban por temblores y rezos. Pedí que los hijos de puta no me encontraran, le pedí a Dios que se apiadara de mí. Esperé  más tiempo, no se escuchaba nada afuera, nadie había entrado a la casa, tenía miedo que los policías siguieran afuera y estuvieran esperando a que los demás llegaran a la casa para llevarnos a todos juntos. Escuché el chillar de la puerta, sentí un vacío vertiginoso en el estómago. Por favor no me lleves, por favor, por favor. Me repetía en silencio. Por favor, por favor. Estaba a punto de desmayarme cuando escuché mi nombre. ¡Ahmed! ¿Dónde estás? ¿Por qué dejaste los platos afuera? Era Monica, reconocí el tono de su voz. Me atreví a abrir la puerta del pequeño armario en el que me había encerrado. Monica se acercó, no entendía que pasaba. ¿Estás bien? ¿Qué pasó? Yo estaba temblando, supongo que estaba muy pálido. Mónica me abrazó. ¿Qué pasa? me volvió a preguntar. Me asomé por la ventana, la luz verde y parpadeante seguía ahí. La arrojé conmigo al piso – tenemos que escondernos-, le dije, la policía nos está vigilando. Mónica me vio a los ojos entre asustada y sorprendida, – no hay nadie allá afuera, estoy segura Ahmed. Después de un tiempo salimos los dos al campo y me di cuenta de que la luz verde era el ojo de una vaca, todo este tiempo había escondiéndome de una vaca. ¡De una vaca! El miedo se apodera de uno de una forma inesperada.” Me repitió.

“Ninguno de nosotros en la Ville-Dieu estamos tranquilos. Nunca estaremos tranquilos.” Dijo Moussa mientras fumaba el tercer cigarrillo. “Lo único que nos queda es celebrar la miseria”.

Me despedí de los dos. No sabía qué decirles para agradecer su confianza y la forma en que me habían acogido. Escribí el artículo para Neo-Diseño hablando de las piezas de muebles tan maravillosas que se encontraban en la periferia de Toulouse y de cómo el diseño vintage sería la nueva tendencia para la decoración catalana. Recomendé los mercados de pulgas con los mejores muebles y precios. El jefe de redacción quedó muy contento con el artículo. Nunca mencioné la Ville-Dieu, ni con mi compañera de piso, ni con el arquitecto, ni con mi madre. Regresé a Barcelona y continué con la misma vida de antes, con las clases y los encuentros casuales, fui al mar algunas veces. Nunca volví a la Ville-Dieu. Un día mientras miraba el noticiero de la noche, mencionaron que una comunidad en el sur de Francia había sido desmantelada por proteger a personas con récords de delincuencia. No supe si había sido la Ville-Dieu, esperé que no, que mis amigos siguieran en la relativa paz que habían encontrado por más tiempo, pero sabía que esos lugares nunca duran. Que nada perdura y que lo más seguro era que ahora estuvieran buscando otros caminos para escapar de la policía y de la miseria.

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