José Mujica en la Casa de las Américas

El primer deber de un hombre de estos días, es ser un hombre de su tiempo.
José Martí

Yo no soy nadie para escribir aunque sea la más pequeña línea respecto a la presencia de este gran señor en este gran recinto. La Casa de las Américas pareciera abrir sus puertas únicamente a personas de gran talante, personas con voluntad y coraje como las que ya poco habitan en este mundo. Yo, definitivamente, no soy una de ellas. Así que escribo estas líneas desde la cobardía y la introspección.

Por lo poco que he visto y oído pareciera que la Sala Che Guevara de la Casa de las Américas ha hospedado los mejores discursos de la segunda mitad del siglo XX en América Latina. ¿Será porque cualquier persona intelectual nunca podría rebajarse a escribir charlatanerías estando en uno de los bastiones de independencia política de este continente? ¿O por la insistencia del nombre de este recinto en ser el huésped del pensamiento americano? Cuba es exigente; te obliga a reflexionar sobre tu transcurso en la tierra, sobre tu posición política, sobre las necesidades del hombre. No por nada La Habana tiene una gran banca llamada Malecón, en donde, en algún momento u otro, todos sus habitantes se han sentado ahí a reflexionar. Reflexionar sobre la novia o novio en turno, sobre la posibilidad de ir allá al otro lado del mar, sobre las notas musicales que sólo el viento escuchará, sobre alguna enfermedad que corroe las alegrías de alguna familia de Miramar. La Sala Che Guevara de la Casa de las Américas se encuentra a media cuadra de la gran frontera cubana que es el mar. No por nada Reinaldo Arenas escribió “Otra vez el mar”, en efecto, el mar esta siempre ahí, otra vez. ¿Será que los pensamientos más radicales siempre son isleños?

La Sala Che Guevara tiene tres manifestaciones artísticas, del lado izquierdo se encuentra un cuadro con los retratos desafiantes de José Martí y del Che Guevaran al estilo de los cuadros revolucionarios de los llamas “años de fuego”, en la parte posterior se encuentra la cara un poco difusa del latinoamericano por excelencia, de Simón Bolívar; y, enfrente, a manera de corona y celebración, el árbol de la vida más grande que he visto bajo techo. La Casa de las Américas parece haber sido el bastión de resistencia a la vida y a la belleza en una Revolución que en algún momento desvió su camino de estas dos por asegurar lo necesario y la independencia. “Los jóvenes deben cometer los errores de su época, no los del pasado.” Repite Mujica con fuerza. Habla desde la tristeza de alguien que ha luchado que su error, el error de su generación, fue haber pensado que con un cambio económico se generaba un cambio humano. Mujica se presentó como un hombre de 80 y tantos años que ahora puede hablar tranquilamente porque la muerte lo acompaña siempre. “No hay que olvidarnos de la muerte, está siempre a la vuelta de la esquina.” Recuerda que sólo con la muerte podremos recobrar el coraje de vivir y de aprovechar este tiempo que es lo único valioso que tenemos.

Mi discurso es elemental, nos dice, pero el mundo capitalista se ha dedicado a olvidar lo que antes pareciera elemental: que el hombre tiene una sed infinita de felicidad y que, como expresa la sabiduría Aimara, el pobre es aquel hombre que no tiene comunidad. “¿Por qué nos empeñamos en coleccionar cacharros?” Se pregunta dolido, como un abuelo que le repite a sus nietos que la vida es bella y que deben salir de la sala en donde se encuentra el televisor. José Mujica entró a la sala de esta isla para decir que la revolución sin belleza no es revolución, que la revolución sin libertad no es revolución. Que debemos aprender que no todos somos iguales y que la fuerza sólo se puede ganar mediante la apertura y la voluntad. Y estas palabras resuenan en los aplausos de jóvenes que están ansiosos de ser escuchados, de pintar, de gritar y de publicar libros. Porque todos deberíamos poder tener el derecho de la posibilidad de ser leídos, aunque otra cosa sea atrapar la mente del lector.

Hay muchas ilusiones en Cuba, el gran fantasma de la isla es Estados Unidos. “Los estadounidenses son grandes” repiten los jóvenes. “Allá sí hay verdadera democracia” escucho entre rumores. El gran ídolo es ahora Steve Jobs gracias a su entendimiento por la magia de la belleza superficial. Yo nunca creí aquel cuento de cómo los españoles cambiaron oro por espejos. Ahora lo empiezo a entender.

Mujica criticó al capitalismo desde la Casa de las Américas porque era más relevante que hablar de la libre expresión, la libre expresión sin contenido, sin esfuerzo y sin coraje es mera repetición de palabras huecas en oídos huecos. Deberían declarar a la sordera como la epidemia silenciosa de nuestra era. Estamos sordos de habernos llenado los oídos con tanta manteca y tanta miel. Escuchar duele, duele porque nos dice que somos tontos y que somos cobardes, que el camino que pensamos como cierto es un peñasco, que es necesario esforzarse, pasar penas y claro, como buenos hijos del internet, lo que menos queremos hacer es pasar penas.

El discurso de Mujica giró en torno a José Martí. Me sorprende como es que un hombre que se encuentra en prácticamente todas las calles habaneras no pierde su vigencia. Sólo un verdadero gran hombre puede sobrepasar la idolatría y su condición de monumento. En Cuba, como bien señala Mujica, le llaman el apóstol. Fue Martí quien perdió los dientes por la amistad y la vida por la lucha. Fue el hombre que escribió poesía al unísono de las armas. La vida con sentido recobra fuerza, o eso me prometen.

Tenemos mucho que aprender de Martí, asegura Mujica. “Los humanos son el único bicho en la tierra que tiene la capacidad de re-programarse mediante la voluntad.” Y Mújica tiene razón, la única oda que vale la pena declamar en un sistema capitalista es la oda por la voluntad.

El capitalismo es un monstruo inteligente, que ha sabido erigirse sobre la única verdad que he logrado encontrar en mi caminar por este mundo, la única frase que ninguna ideología ni ningún poeta podrá nunca contradecir: la dolorosa y alegre verdad de que nada es para siempre. Y lo único que puede retar a esta verdad universal, esta condición de vida y muerte, de locura y sufrimiento, la única que le puede hacer cosquillas, es la voluntad.

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