A y B

“Tenemos que llegar a un acuerdo” Le dijo.

Toda su relación había sido por teléfono, nunca se habían visto las caras. Conocían los diferentes tonos de sus voces, distinguían perfectamente cuando el otro estaba aburrido, cansado, enojado o simplemente distraído. No conocían el nombre del otro, así que los llamaremos A y B.

A estaba desesperado. Se encontraba en una relación dependiente y enfermiza consigo mismo y con los demás.

Un día buscó en el periódico alguna respuesta y encontró el número de B. Lo anotó en un papel pequeño y lo guardó en el bolsillo trasero de su pantalón. Como todas las respuestas que llegan demasiado fácil la olvidó. Un día buscando unas monedas encontró el papel. Seguía desesperado así que decidió marcar aquel número.

“Hola” escuchó del otro lado del auricular.

“Cómo funciona esto?” preguntó.

“Dime tus fantasías y las haré realidad” dijo B con una voz suave, como de terciopelo.

A se quedó perplejo, el anuncio en el periódico decía “Ayuda psicológica para desesperados”. Nunca pensó que sería una línea de sexo por teléfono. Se quedó callado un buen rato. Tal vez le gustaba que fuera una línea erótica más que cualquier psicólogo pedante que te hace sentir como una hormiga glotona que lo único que sabe hacer en la vida es sollozar.

No sabía qué responder. No sabía cuáles eran sus fantasías, desde hacía ya mucho tiempo sentía que no merecía ningún sueño. Trataba de existir sin molestar a nadie, sin que nadie se diera cuenta de su tristeza, de su desolación. Muchos le habían dicho que se había tornado insoportable, que parecía un hoyo negro al que nadie quería acercarse.

– Cuáles son tus fantasías – Le preguntó A a B.

-Así no es como funciona la terapia. Usted es quien debe decirme sus fantasías para poder recorrerlas juntos hasta que logre separar, usted, el mundo de la fantasía y la realidad que, supongo, tanto le acongoja.

-Pero yo ya no tengo fantasías. He perdido la habilidad de soñar.

-Si usted está vivo no puede estar vacío de fantasías – dijo B tajantemente.

-Por qué no me cuenta usted sus fantasías? Y ya veremos, por contraste, si yo también tengo algunas.

-Eso iría en contra de mi procedimiento, de mis reglas, de mi terapia. Le aseguro que si usted me cuenta sus fantasías en el transcurso de dos meses usted sentirá una mejoría considerable. Usted estará curado de los fantasmas que lo acongojan.

-Usted nunca tuvo la fantasía de romper con su terapia? De volverse ajena a sus reglas? Ajena de sí misma?

– Dejémonos de peroratas, está usted interesado en la terapia, si o no?

-Usted fue siempre tan estricta con todos sus actos?

– Mi madre es judía y mi padre es protestante. – le respondió con una voz coqueta. Pero eso no viene al caso, dígame por qué llamó usted a este número?

– Ya se lo he dicho. Llamé porque me encuentro desesperado. Todos los días parecen iguales ya no distingo los sabores de la comida, despierto lleno de saliva rancia en toda la cara y tengo un olor agrio que no se escapa en todo el día. A veces tiemblo y no logro dormir. Las luces de la ventana se entremezclan con mis sueños que no son más que fotografías estáticas del mismo cuarto. Le digo que ya no tengo fantasías. Lo único que veo es mi reflejo en el espejo y el cuarto de colores tenues. Nada más. Todo se ha vaciado.

-Qué le gustaría hacer para poder llenar ese cuarto? Le gustaría ir de viaje a algún lado?

-Cuántas veces le tengo que decir que ya no tengo fantasías? Por lo que le suplico que comparta conmigo las suyas para ver si puedo encontrar las mías.
O ver si son necesarias. Usted me entiende, corroborar que existo gracias a las fantasías de otro.

-Disculpe pero lo que usted acaba de decir carece de sentido y debo advertirle que mis servicios son caros. Yo cobro por minuto, por lo que le recomiendo que decida pronto si usted va a ser parte de la terapia que le ofrezco.

– Estoy dispuesto a pagar el triple de sus honorarios si usted comparte cada noche durante un año una de sus fantasías. Me gustaría que me llamara cada noche a las 20:00, de manera puntual, para contarme una de sus fantasías. Después de un año no sabrá nada de mí y usted habrá tenido un cliente regular y  la capacidad de ahorrar para poder cumplir alguna de sus fantasías

B lo pensó un momento. La verdad era que no tenía muchos clientes, empezaba a dudar de su método y también era cierto que se sentía sola. Pensó que tal vez no sería una mala idea contar sus fantasías en voz alta a un extraño. Claro que aquel extraño podría ser un psicópata, un fanático o un ex novio, no sabía cuál de las tres opciones le causaba más miedo. Su intuición le decía que podía confiar en aquel extraño, algo en el tono de su voz le permitía pensar que en realidad era un hombre vacío de fantasías. Su voz se escuchaba hueca, pero era un vacío que le atraía más que asustarla. Esa extraña atracción al vacío que se sitúa normalmente en el estómago.

-Usted sugiere que empecemos esta semana?

-Sí, mañana mismo de ser posible.

-Le advierto que dada la extrañeza de su propuesta tendré que cobrarle cinco veces el precio que normalmente solicito.

– Por el dinero no hay ningún problema siempre y cuando cada una de sus fantasías sean suyas y no inventadas. Las fantasías tienen que venir de sus sueños y sus inquietudes. En el momento en que usted recurra a fantasías ajenas, a cuentos o a mentiras cancelaré el trato. Temo que las fantasías tienden a secarse.

-Usted se equivoca. Las fantasías siempre traen consigo más fantasías. Imaginar es una actividad productiva, usted verá. Ahí radica toda mi terapia pero, tristemente, usted no está interesado en tomarla.

-Este es el trato entonces. Usted me llamará cada noche a partir de mañana a las 20:00 para contarme una de sus fantasías. Deben ser suyas sin importar la extensión. Le advierto que podré distinguir inmediatamente cuando la fantasía sea falsa. Por este servicio usted me cobrará 5 veces el precio que normalmente solicita. El trato se romperá en dado caso que a usted se le acaben las fantasías. Este trato tendrá una duración de un año a partir de mañana.

-Le llamaré al número telefónico del que me llamó ahora?

-Sí, este es el número de mi casa.

-El cobro se realizará a la misma tarjeta de crédito que registró para hacer esta primera llamada?

– Así es. Respondió A.

-Trato hecho. Hasta mañana entonces.

-Espero con ansias su primera fantasía.

A y B hablaban todas las noches. La mayoría de las veces B hablaba por tramos más largos que A. A no hacía ningún comentario a las fantasías de B, claro que algunas veces le preguntaba por algunos detalles de la fantasía en turno, o por la historia detrás de otra. Casi siempre las fantasías venían acompañadas de memorias o de heridas pasadas. A siempre se despedía de la misma forma, con la misma oración: “Espero la fantasía de mañana”, para inmediatamente después colgar el teléfono.

A B le parecía un tanto extraño e incómodo esta forma de terminar cada llamada. En algunos momentos A parecía la persona más cercana en su vida pero el momento en que A decidía terminar la conversación, recordaba que aquello era un trato y que ella recibía dinero por aquellas llamadas.

Las primeras semanas del trato fueron raras para B, le parecía extraño y un tanto vulgar compartir algo tan íntimo con un perfecto desconocido. Al principio sus fantasías era muy escuetas, casi monosilábicas. Como si hubiera atrapado a un grillo en su boca y sólo se pudiera escuchar el grilleo si uno ponía su oreja en los cachetes de B.

Poco a poco fue ganando confianza hasta que las fantasías venían claras, tecnicolor en su cabeza y podía narrárselas a A de una forma extraordinaria. En esos primeros meses B se sentía magnífica, sabía que tenía razón y que la imaginación era un terreno sin fin. Un día sintió curiosidad por saber más acerca de A.

-Te ha ayudado escuchar mis fantasías? Le preguntó una de esas noches.

– Sientes esperanza de tener tantas fantasías verdad? Espero la fantasía de mañana. Dijo A antes de colgar el teléfono como de costumbre.

B se quedó perpleja. Cómo era que A dudaba del poder de la imaginación? Luego se dijo a sí misma que no se debía enfrascar con los problemas o las manías de los otros, ese era su problema. Mientras tanto ella estaba ganando ya una cantidad considerable con esas llamadas telefónicas.

Siguieron las llamadas con A. B a veces estaba triste, A lo notaba. A veces le preguntaba cómo se sentía. B sabía que A podía reconocer lo que pasaba por su cabeza casi al mismo tiempo que ello lo hacía. Eso le causaba un poco de temor pero también de confort.

No sabía si era el escepticismo de A o el hecho de que sus amigos tenían demasiadas cosas que hacer por lo que terminaba mucho tiempo sola, pero, a partir del sexto mes las fantasías de B empezaron a enflacar. Parecía que habían perdido su colorido. Ya no tenían tantos detalles, no había personajes escondidos detrás de cada giro. Parecían un queso gruyere en donde los hoyos crecían incontrolablemente. Le empezó a asustar esa sensación. También notó que A ya no le preguntaba por todos los detalles de sus fantasías, sentía que la persona detrás del auricular se aburría de sus peroratas. Sintió una suerte de pánico. Y si A tenía razón? Se le acabarían las fantasías? Tendría que recurrir a fantasías ajenas? A se daría cuenta si le contara fantasías falsas?

Espero la fantasía de mañana. Dijo A rutinariamente. Esta vez B sintió estas palabras como una amenaza. Esa noche B no pudo dormir.

Alrededor de las 18:00 empezaba a sentir una angustia indescriptible, primero empezó como el miedo que cualquier persona siente en la sala de espera del dentista, pero ese miedo se transformó cada día en uno más agudo.

-Tenemos que llegar a un acuerdo. Le dijo B la primera noche del octavo mes del trato.

A se quedó callado.

-Necesito unos días libres. Estoy un poco agotada, no he podido dormir.

-Tienes miedo de que las fantasías se te hayan acabado?

B no contestó.

-Pretenderé que hoy hubo una terrible tormenta y no fue posible entablar la comunicación. Espero con ansias la fantasía de mañana. Dijo con la misma voz y colgó el teléfono.

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