Nada que escribir

“Hoy no tengo nada que escribir” se dijo a sí mismo.

Estaba cansado de ser escritor, de intentar escudriñar todos los detalles detrás de las caras conocidas. De buscar historias macabras en donde únicamente habían ordinarias. No sería un escritor nunca más. Lo había decidido. Cambiaría de profesión. Cambiaría de ciudad y, por supuesto, dejaría a su mujer. Enterraría la máquina de escribir en el patio trasero de la casa de su abuela. Escribiría un epitafio a su insípida carrera como poeta inmaduro.

“Ya no seré escritor” se dijo a sí mismo.

Juró ante el espejo que no dejaría que las palabras lo sedujeran nunca más. Acabaría ese nauseabundo mundo de ilusiones y construcciones perfectas. Terminará la errabunda rutina de buscar personajes en sus recuerdos.

¿Qué le quedaría entonces?

Por más que odiara las páginas que escribía no encontraba otra forma de explicarse el mundo. No había otro espacio en donde se sintiera más libre que en el momento de imaginar una historia. La historia que escribía después nunca terminaba gustándole. Sin embargo era ese momento mágico, aquel en el que tenía la primera oración del cuento, cuando podía ver el mundo con otros colores. Como si, de repente, todas las historias que había leído en su adolescencia prometiéndole mundos repletos de intelectuales y rebeldes se hicieran tangibles. Como si esos nuevos colores se condensaran en una capa que se interponía entre él y la realidad. Al momento de escribir incluso el encargado del bar que servía una copa de vino cambiaba de forma; los movimientos, los pensamientos detrás de su sonrisa se volvían interesantes, misteriosos.

¿Podría vivir sin escribir? Se preguntaba.

Lo había decidido, dejaría esa quimera suya de ser escritor.

Se quitó el saco y la camisa que llevaba puesta. Tomó la máquina de escribir y salió a la calle con el pecho descubierto. Hacía frío, era un día de finales de noviembre, todavía no había caído la primera nevada del año. Cerró la puerta detrás de él. Bajó las escaleras. Empezó a caminar, una fuerza más allá de lo que imaginaba se apoderó de él. Ya no era el mismo.

Arrojó la máquina en una vereda, le encantó escuchar el sonido metálico. El sonido de la máquina siendo destrozada.

Ya no estaría supeditado a sus inclemencias, a su necesidad de escribir. Se liberaría de la fuerza que no lo dejaba dormir.

Continuó caminando, parecía no sentir frío. Dejó la ciudad atrás, el camino se convirtió en montaña y después en pueblos, uno detrás del otro y en más montañas. Encontró un árbol robusto y triste, se incó frente a él y lloró.

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