Los idiotas

Ninguna declaración de amor es verdadera por eso es válida.

Eres como Brigitte Bardot – le dijo.

Nunca he visto una película de ella – respondió ella entre nerviosa y emocionada.

Durante muchos años su debilidad habían sido los piropos. Le gustaba sentirse especial, valiosa, reconocida. Soñaba que podría viajar por el mundo y que todos reconocerían lo grandiosa que ella era en realidad. Su madre siempre se lo había dicho, ¿por qué no sería cierto? Ella triunfaría, lo sabía, aunque a mucha gente le costara reconocer lo valioso que se escondía detrás de su timidez. Su soledad le había forjado un narcicismo irremediable. Él también tenía dejos de grandeza y de impotencia ante un padre pródigo en el mundo de las letras.

Les gustaba sentarse juntos e imaginar que eran como aquellas parejas de intelectuales que pasarían a la historia.

Hablarán de nosotros. Ya verás. Se sorprenderán de nuestra profundidad. – Le decía él a ella mientras los dos sorbían de una cerveza japonesa en un restaurante burgués de la colonia Condesa de la Ciudad de México. Discurrían tardes vacías hablando de escritores, de lugares y de proyectos de vanagloria. Siempre caminaban y el tiempo se extendía como plastilina que de tanto sobarla está caliente y apestosa.

¿Cuál crees que es el sentido de la vida? – Le preguntó 10 minutos antes de entrar a una sala de la Cineteca Nacional. Ese día habían decidido tomar un café e ir al cine, como cualquier domingo de clase medieros que no tienen demasiado dinero para derrocharlo en locuras y son estúpidamente asustadizos y parcos para vagar por la cornisa de la banqueta como cualquier punk digno de ser rebelde. Así, con aquellas bebidas goteantes, de plástico y pulcras se preguntaban cuestiones dizque filosóficas buscando que alguna persona a su alrededor los escuchara y pudiera apreciar su grandilocuencia.

El sentido de la vida es la búsqueda por la justicia – Respondió tajantemente. Ella había estado en la búsqueda de una respuesta clara a esta pregunta que se había tornado en el monotema de su vida. Nadie había podido contestarle con tal claridad. Algunos, la mayoría, le había respondido que la vida se bastaba a sí misma, que no requería de un sentido ulterior. Ella estaba en desacuerdo. Tenía que haber algo más, una búsqueda que satisficiera el perpetuo aburrimiento. Se deslumbró ante la certeza de la respuesta. Era la justicia, la búsqueda de la justicia. Pensó para sí, ¿qué puta madre estamos haciendo aquí entonces? ¿Qué carajos hacemos sorbiendo popotes y tragando papitas fritas? No dijo nada de esto y los dos entraron en la nueva sala de cine. Salieron y discutieron sobre la película en turno. A él le había gustado más que ella, el era más inteligente que ella aunque ella fuera más sensible.

Estoy enamorado de ti – Le dijo abruptamente. Así era él, todo lo hacía abrupto, pensaba que no había otra forma. La claridad era un atributo tan alto en cualquier libro filosófico que él lo honraba siendo tan preciso como podía en sus discursos dirigidos a los otros seres (como a él le gustaba denominar a las otras personas). Porque todos somos seres ¿no es cierto? Se divertía haciéndose bromas dizque ontológicas.

Estoy enamorado de ti como los griegos se enamoraban de los hombres. Estoy enamorado de ti porque me animas a trabajar por mis sueños. – Le decía mientras le veía los senos. Eran unos senos abultados, los de ella, que a veces le provocaban cuestionarse si ese sería su único verdadero atributo. Senos abultados y narcisismo irremediable. A muchos les gustaba chupar sus tetas, tocarlas y decirle ¡qué tetas más lindas tienes!. Ella no sabía que hacer con eso. Una mujer tiene tetas, eso es todo, aunque ella sabía usarlas, sabía que eran una herramienta para obtener muchas cosas vanas como las que le gustaba conseguir.

Bueno, aunque sea déjame coger contigo una noche. Lo necesito. Es clínico el asunto. – Argumentó con una sonrisa y una mirada desesperada. Sabía que no obtendría lo que pedía, que ella había puesto una barrera desde el primer día en que se habían conocido. Pero bueno las ilusiones siempre son fuertes y mucho más si vienen de la mano de una verga bien parada.

Se despidieron con un abrazo habitual en los que él respiraba más hondo de lo normal y ella se sentía incómoda y decía alguna insensatez para terminar el tiempo lo más tajante que fuera posible. Le gustaba lo incómodo, a ella, o al menos ya se había acostumbrado y no sabía que pudiera existir otra forma.

Pasaron los años, se dejaron de pensar, de hablar, de vivir. Continuaron cada uno por sus sueños vanos que los llevaron a victorias pasajeras como un pinche vuelo de mosca y restaba únicamente el olor fétido de la soledad y la falta de búsqueda. Ninguno de los dos luchó por buscar justicia, siguieron yendo al cine, se llenaron de caries y de canas, alguno tuvo uno o dos niños a quienes metieron a escuelas primarias privadas y plagaron sus bibliotecas personales de libros que encerraban los misterios que les rondaban por las noches mientras el tiempo pasaba. Y el tiempo pasa.

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