Día 2 – 5 de enero de 2016

Ayer llegué a Cuba, iba con Juan Pablo, es una de las personas con quien comparto casa en la Ciudad de México. No nos conocemos mucho y los dos preferimos que así se quede. Sabemos que no coincidimos más allá de nuestro amor por el drama cotidiano e intrafamiliar. Nos gusta llorar con las películas amargas y reírnos como estúpidos siempre que podamos. El ríe con mayor frecuencia y más estúpidamente. De vez en cuando puedo ver una foto de sus nalgas en su perfil de Facebook (yo nunca haría eso). No somos compatibles. Sus amigos tienen yates en Miami y prefieren coger y reír a hablar y discutir. Yo prefiero preguntarle a mis amigos por el sentido de la vida. Los dos somos igual de estúpidos, últimamente me rodeo de pura banalidad, de estupidez y tengo miedo de que llegue a tal grado que no pueda salir más de esa condición.

Me he desviado un poco, he llegado a Cuba. Ayer me encontré con lo que estos últimos meses únicamente había podido imaginar y resulta que el lugar es más bello y más amable de lo que esperaba. Al llegar al aeropuerto no pareciera que uno esté en un régimen comunista, tal vez porque ya no es el caso. Cuba y la República Democrática del Congo se parecen en muchas cosas pero Cuba es más amable, la gente sonríe más y los niños juegan en las ciudades. El aeropuerto de La Habana es más lujoso que cualquier aeropuerto de Centroamérica, Panamá incluida. Lo que sí cambia y se agradece es como se desarrolla la ciudad. Las luces son menos, los letreros son nulos, el orden impactante. La gente camina por las calles de La Habana como si no tuvieran prisa pero si fuerza. Con ese afán de llegar pero llegar bien.

Alexis, quien nos recogió en el aeropuerto nos platicó que las calles de La Habana son tranquilas. “Aunque claro ya le he dicho a un español que siempre se queda con nosotros que no vaya con su anillo de oro”. “Él siempre responde que nunca le ha pasado nada, que siempre ha vivido y caminado con su anillo de oro”. “Claro, eso siempre es hasta un día.” Todo es hasta un día. Así con la vida de los países también.

La señora Romelia es quien me hospeda en una linda casa en la colonia Centro de la capital de Cuba. Tiene unos 70 años y es fuerte. Ya se ha enojado dos veces conmigo aunque hemos platicado en total unos 10 minutos. La primera vez fue anterior a mi llegada por haber, como siempre, cambiado mis planes. La segunda por haberme ido a dormir sin avisarle que ya había regresado como había quedado. Estoy acostumbrada a que a la gente no se le molesta en su casa, parece que los cubanos se molestan más de la desconfianza y tienen razón. Es mejor quien habla de quien no habla, la desconfianza en este lugar es en donde reina el miedo. Tengo dejos de espía por timidez y por mi temperamento socarrón. Cuba promete hacerme bien.

Digresión temporal. En el vuelo Ciudad de México – La Habana me senté junto a Juanita. Juanita parece ser una cubana encubierta de sinaloense, aunque tal vez diga la verdad y simplemente sea una mexicana que, como yo, tampoco entiende a México. Juanita lleva 20 años yendo asiduamente a La Habana; ahora se ha comprado una casa y todo indica que su familia (la escogida, no la natural) es de por allá. Yo les doy raite a los estudiantes que van a la universidad, son de Haití, de Ecuador; a veces, cuando no tengo nada que hacer me voy a ese camino y les doy raite – me dice con una sonrisa en la cara. “Te va a gustar Cuba” me dice, se ve que estás buscando tu propio camino y a esas personas les gusta La Habana.

Juanita me platica una historia: <<Una vez, en uno de estos viajes que siempre hago a la hermosa Cuba, me senté al lado de un muchacho. El muchacho era muy callado, muy tímido. No como yo, a mi no me para la boca. Bueno, era joven y empezamos a platicar, me dijo que él era pintor y que estaba muy contento con su vida. Yo le dije que eso estaba muy bien pero que, sinceramente, se veía triste. Es que no me gusta ir a México, me respondió. No me soporto la falsedad.  La falsedad. [Insistió ella con una mueca que no distinguía entre sonrisa y espanto, ella estaba de acuerdo pero se sorprendía de la precisión del “muchacho”.] Yo era drogadicto y mis padres, gracias a Dios, me mandaron a Cuba. En Cuba yo me he hecho un hombre de bien, puedo hacer algo. Si me hubiera quedado en México hubiera tenido un coche, hubiera sido un hijo de papi y no habría entendido nada de la vida. Mis queridos papás me salvaron.>>

Juanita me platica que quiere buscar la forma de que sus 7 nietos se vayan a La Habana a estudiar. La vida se va muy rápido y hay que aprovechar el tiempo para cultivarse, me dice. Juanita me da confianza y desconfianza al mismo tiempo, por un lado está su sonrisa y por otro está el halo blanco que rodea sus iris. Las personas con rarezas en los ojos me da miedo. Recuerdo que mi abuelo, el padre de mi madre, tenía glaucoma y los últimos años desarrolló una capa amarillenta encima de sus ojos. Esa capa me causaba repulsión, incluso náusea. ¿Me habré creído el lugar común y con melcocha de que “los ojos son las ventanas del alma”? Aparte de sus ojos, Juanita me dio desconfianza porque sin haber platicado conmigo ni medio segundo me pidió que compartiéramos las maletas al llegar al aeropuerto. Mi respuesta fue una evidencia diplomática de que eso me parecía una locura. Juanita usaba labial rojo y una cachucha negra. Me platicó extensamente sobre los cucuruchos de crema de coco que venden en la Provincia del Oriente, sobre las colas de langosta que se pueden comprar de contrabando en las playas del Este de La Habana (yo compro 50 colas cada que voy y las freezeo, me asegura) -me encanta el verbo freezear y casi todo lo pocho -, sobre las parrilladas de 7 CUC y de la yuca frita. A mi la que más me gusta es la comida criolla, aunque el chile es lo único que extraño de México. Una vez estaba un extranjero quedándose en la casa de mi amiga, no me acuerdo de dónde era, de esos lugares en donde está la guerra. ¿Siria? Le preguntó. No, no, él era negro, no me acuerdo, bueno no importa. El asunto es que tenía un picante muy sabroso y yo le decía a mi amiga que le robara y pues le robábamos. Estaba muy rico ese polvito que tenía. Él luego se volvió malo, empezó a llevar a muchas mujeres a la casa y luego acusó a mi amiga no se de qué…

En algún momento ya no sabía cómo hacer para que Juanita se callara, estaba cansada, tenia ganas de leer y pues ya no podía mover la cabeza como signo de escucha atenta. Me pasa que siempre que hago eso por mucho tiempo me empieza a doler la cabeza. Así que aproveche el momento de silencio de Juanita y volteé hacia la ventana, después recliné mi cabeza sobre el respaldo y cerré los ojos. Cuando volteé Juanita estaba dormida. ¡Victoria! En la salida del aeropuerto me despedí de Juanita, me dijo que le hablara cuando quisiera y que por 10 dólares la mujer que la atendía podía cocinar para mi. Son raros los amigos del asiento contiguo en un avión.

Alexiss me dijo que me recogería a las 6:30 de la mañana para llevarme a la Línea Azul para que tomara el ómnibus hacia Cienfuegos. Él como todos los cubanos no me preguntó, sólo me informó. ¿Me oíste? Te preguntan. Su esposa me llamó para confirmar. “Mushasha, Alexis va a recogerla a las 6:30 para llevarla a la estación. ¿Me oíste? A las 6:30. Bonita noche, linda.” Yo ni siquiera tenía que responder, tenía que oír, como bien te repiten los cubanos. Me gusta que acá a la gente le gusta repetir lo que dices, aunque eso tome tiempo. El asunto es que todo quede claro, que el interlocutor haya escuchado. ¿Qué será el asunto de la escucha en Cuba?

En efecto Alexis llegó a las 6:20. Yo dejé mi celular a propósito en México y me había quedado sin dispositivo que me despertará. El dispositivo que me despertó, aunque estuve toda la noche pendiente de despertarme -y lo hice a las 2, a las 3 y a las 4 de la mañana- fue la señora de la casa en camisón diciéndome: ¡Muchacha, pensé que no habías regresado anoche! Alexis te está esperando. Logré lavarme la cara y los dientes rápido y salir corriendo. Eso de oír no se nos da a los mexicanos.

El ómnibus salía hasta las 11 de la mañana así que tomé un taxi colectivo con dirección a Cienfuegos. El chofer traía reggaetón y bachata a un volumen bastante alto durante las 3 horas del camino. Produce algo extraño en mi estar escuchando esa música con referencias a Miami y a las marcas de autos cuando todo lo que se ve afuera son campos y, de vez en cuando, letreros acerca de la Revolución. Nuestro mejor amigo, dicen unos letreros debajo de la cara de Hugo Chávez. Otro amigo internacional es Mandela. Lo que más me ha sorprendido de esas insignias es una constante que dice “Orden, disciplina y excelencia”. Orden, disciplina y excelencia, todo lo que me falta. Interesante como en Cuba se enfatiza el valor del esfuerzo y el trabajo colectivo y en México, o cualquier país capitalista o en vías de, se enfatice en la comodidad.

El trayecto liso y sin mucha novedad, el cambio constante eran los diferentes cultivos, tampoco tan variados entre la palma de azúcar, el tabaco y el maíz, se iba dibujando plano, como una película en donde lo mejor que se puede hacer es tener un convertible y una buena cabellera. No estamos en las películas, estamos en Cuba.

Uno de los pueblos por el que atravesamos sorprendentemente no tiene autos. Los vehículos de transporte son las bicicletas y las carretas jaladas por caballos.

Cienfuegos me recuerda a Kisangani y a Cartagena, es un punto intermedio entre África y el museo de las ciudades UNESCO. Todavía estoy embelesada por las calles y la forma en que los cubanos caminan en medio de las mismas como si pisar la banqueta fuera una actitud de turista perdido. Las calles son de los cubanos. Incluso los perros callejeros caminan en medio del asfalto. En Cienfuegos los autos no mandan. Tampoco en las noches de La Habana.

La primera noche que estuve en La Habana salí a caminar a lo largo del Malecón. Pizzas de queso, parejas tomadas de la mano, grupos de amigos, pizzas de queso. Tenía hambre y me comí una pizza de queso por 10 pesos moneda nacional. Caminando sin rumbo pero bien atenta a no perderme me encontré con un callejón/centro-cultural en donde unas tinas estaban empotradas, a manera de lienzo, sobre uno de los muros. En una de las tinas se escribían unas preguntas: Abuela ¿dónde vive la envidia? En la soledad.

Me gustan los letreros de estas calles. “Toque la puerta, hay perro y muerde”, “Hay perro” –justo abajo un canino asoma su cabeza-, “No hay pan, la panadería está rota”. Y claro, todos los balcones llenos de pedazos de tubería, tuercas, mangueras y otros artilugios con números enfrente de ellos. “A la venta carro de niño”, “Se vende la segunda casa”, “Se permuta”, “Se alquila 3 cuarto”. Las tiendas del estado ya tiene varios shampoos y  papas Pringles. Nunca subestimes el poder del dinero.

Me la vivo buscando espacios en donde vendan comida en moneda nacional, me quiero alejar de los CUC y de las personas con pantalones kaki y lentes de sol alargados, aunque uno siempre cae. Hoy tomé un café al lado de una pareja de suizos. Me encantó platicar con ellos, el esposo habló más que ella. Él era historiador y maestro en Basilea, su lucha desde los 80 había sido valorar la potencia de la historia oral por lo que había hecho un proyecto detallista sobre el cómo se recordaba en los pueblos suizos la llegada de la electricidad. Como buen alemán recordaba la razón por la que había hecho cada una de sus acciones. Grabé a mi abuela, me dijo, y después, cuando ella había muerto y yo no sabía que hacer con su voz, llevé las cintas al archivo local. Un día le dije a mi hija que si quería ir a escuchar a su bisabuela, me dijo que sí pero nunca encontramos el tiempo. Todavía me pregunto qué sentido tiene guardar fantasmas en cintas electromagnéticas. Uno de mis amigos empezó el furor de la historia oral en los años 90 y fue a entrevistar a una señora de unos 80 años, la señora antes de que empezara la entrevista le preguntó que por qué hacía eso. Él no supo responder y renunció a la historia oral. Si no sabía responderse porque lo hacía no tenía sentido hacerlo. Mundo alemán.

Yo les platiqué de mi estancia en Viena y de cómo en Viena extrañaba a la Ciudad de México y de cómo extraño Viena en la Ciudad de México. Los tres acordamos que la metáfora de que los europeos son como cocos y los americanos como duraznos era adecuada. Me hablaron de su círculo de amigos y del dilema al que se enfrentan ahora que una pareja amiga se divorció. Los alemanes piensan detenidamente en estas cosas, eso es lo que extraño de vivir allá. Los mexicanos creen que el tiempo resolverá todo.

Finalmente les platiqué de un proyecto que estuve realizando hace poco sobre la escritura de cartas de amor en la Plaza Santo Domingo y él fue muy inteligente en ver que mis preguntas eran demasiado amplias, demasiado rígidas para poder entrever la especificidad de cada una de las historias. Él también me aseguró que el amor era territorio de los poetas y que ningún otro tipo de escritor tenía derecho a inmiscuirse en el tema, lo podrían dañar me aseguró. Tal vez los novelistas tengan algo que decir en torno al amor pero los cuentistas y mucho menos los ensayistas pueden ser merecedores de dichos pasos.

Ellos, como pocas parejas que he conocido, estaban verdaderamente enamorados. En esta encrucijada con los amigos que recientemente se divorciaron me platicaban que un día el exesposo había llegado con ellos junto con su, en ese momento, esposa para decir que ella decía que lo amaba pero que nunca lo demostraba. ¿Cómo puedo ver tu amor? Le preguntaba. Ella respondió que en la forma en la que planchaba y guardaba sus camisas. Esa demostración de amor era irrisoria para él. Después les preguntó a ellos que cómo sabían que el uno amaba al otro. Ellos se quedaron perplejos, lo pensaron por un momento, y decidieron que nunca se pondrían a desmenuzar el amor del otro. Saben que es un asunto frágil y valioso. Nosotros somos personas de un solo amor en la vida, nos conocimos cuando ella tenía 14 y yo 17. Eso lo decían mientras se veían a los ojos y sonreían.

Llego el momento incómodo en que todo turista que recién ha conocido a otro turista y se ha interesado en la plática, se da cuenta de que ya han pasado 2 horas y que es mejor partir sin que suceda mayor percance. Así que nos despedimos de un apretón de manos y nos deseamos una buena estancia en estas tierras lejanas para todos nosotros.

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