La Habana

La Habana pareciera ser todas las ciudades en una. Es París de noche. Es Suecia y la tranquilidad de sus parques. Es todos los barrios pseudo-intelectuales de cualquier país “en vías de desarrollo”. Es el Bronx neoyorquino. Es árboles verdes y fachadas color pastel. Es la ciudad de verano de mi infancia. Es barrio, reguetón y salsa. Es parqueadero lleno de humo y pizza de queso blanco.
Pasearse por las calles habaneras es escuchar quedo los rezos ateos de sus edificios. La Habana es Kinshasa y Accra y sus niños. Es la hospitalidad del Cairo. Es Mumbai y su bahía; es las frondosas avenidas que acogen embajadas europeas en Nueva Delhi. Es la Cartagena desordenada de las Indias. Es la Ciudad de México de las fotografías de mis abuelos. Son los recuerdos de la Lima en toque de queda. Es Bogotá sin Bogotá. La traza damera de sus calles exige a sus habitantes entender las reglas del dominó y del ajedrez. Es la Brasilia de mitades del siglo XX. Es los multifamiliares porteños vistos desde un taxi que viene del aeropuerto. Es una señora tranquila y gorda de las montañas del sur de Italia.
La Habana es Barcelona, Quito, Montevideo, es, incluso, Udaipur y Praga. Pero eso sí, ninguna de estas ciudades nunca valorará sus esquinas como lo hace La Habana. La esquina habanera es el punto de referencia, la marquesina, el encuadre de las historias de aquella ciudad que conoce lo que es vivir en una encrucijada.
La Habana sin esquinas sería como quitarle su deseo de adición; sería sustraer el “y” a todos sus letreros. Significaría erradicar su ubicación geográfica, sus millones de ombligos, sus árboles y sus paradas. El respeto a las esquinas es tal que Inclusive, en el siglo XIX, se desarrollaron los llamados esquineros, protecciones metálicas que las decoraban y protegían de los golpes de las carretas. Las esquinas son las fronteras vecinales, el espacio donde el grito cambia de tono y de destinatario. Las esquinas marcan los territorios de La Habana, pero eso no impide que sean el vehículo que empapa a las calles colindantes con sus semánticas. Ángulos como líneas de fuga, bayonetas; las esquinas son los hombros afilados de esta mujer terriblemente coqueta. La Habana sin esquinas estaría perdida.

El hotel

Todos los días camino de mi casa al hotel a las 7 de la mañana para regresar con las piernas y el cuerpo cansado a las 9 de la noche. El día empieza a aclarar a las 6 de la mañana; desde antes estoy despierta. Enrique se acuesta a mi lado, yo me despierto antes que él. Me gusta sentir su cuerpo pesado hundiendo la cama. Él siempre duerme profundamente y me abraza todas las noches, casi sin que él se de cuenta. Yo soy mucho más delgada que él, se podría decir que mi cuerpo es frágil si lo comparo con el suyo.

Me levanto de la cama sin que él se de cuenta y limpio la cocina, lavo y tiendo la ropa de los dos y preparo el café y un pan tostado para el desayuno. A veces desayunamos juntos, otras veces le dejo el café en el termo para cuando él se levante. Hablamos poco, Enrique y yo. Me despido de un beso en su mejilla. “Que te vaya bien” – me dice.

Camino con una sombrilla porque el sol es pesado incluso en la mañana. Hay días en que la niebla baja y puedo caminar tranquila he imaginarme que estoy en Europa, por entre las montañas. Recorro 5 kilómetros al día. Me gusta caminar, llega un momento en el que no siento el camino y podría seguir caminando durante días.

Llego al hotel y me pongo el uniforme, es un uniforme blanco, almidonado y planchado. A Enrique le gusta cómo me veo con mi uniforme de mucama. Yo nunca pensé que sería mucama de un hotel para turistas alemanes. Tampoco pensé que me casaría con un hombre como Enrique.

Empiezo por el sexto piso de izquierda a derecha y de abajo hacia arriba hasta que termino de limpiar todas las habitaciones. Uno puede saber mucho de lo que pasó la noche anterior en el preciso instante en que uno abre la puerta y se encuentra únicamente con fantasmas. Me gusta como huelen las sábanas y las toallas de los hoteles, tienen ese olor dulzón por haberse lavado a altas temperaturas. Me esfuerzo por que la cama quede perfectamente tendida y me imagino que sentirán las parejas enamoradas al llegar a una cama diferente. Enrique y yo nunca tenemos suficiente dinero para ir de vacaciones.

Platico con Susy, la otra camarera. Nos prestamos libros y nos tomamos un jugo de naranja cada vez que terminamos un piso. Susy es tranquila aunque su hijo es un rebelde que le quita esa parsimonia. Susy decidió divorciarse hace unos años y dice que así está mejor. Para ella la independencia es no tener que rendirle cuentas a nadie.

Luis, el portero del hotel, me insiste en que deje a Enrique y me escape con él. Me asegura que tiene una casita en la montaña y que hará todo lo posible para que no me falte nada. Luis me sonríe todos los días y su sonrisa se asemeja al mar.

Hoy Enrique no se despertó para desayunar conmigo, le dejé el café en el termo como lo hago los días en que no se despierta. Hoy, como pocos días, hubo neblina, tanta que hasta la podía saborear con la lengua. Me gusta el color azulado de mi pueblo en los días de frio. Susy y yo nos tomamos nuestro jugo de naranja a mediodía y Luis nos llevó dos sándwiches de jamón con queso. El hotel estaba tranquilo, uno de los autobuses con turistas no llegó así que solo estaba ocupado uno de los seis pisos.

Salí temprano. De regreso compré un kilo de huevos con la señora de la esquina que me dijo que hoy había temblado. Me preguntó si lo había sentido. Yo le respondí que no.

Llegué a la casa y Enrique todavía no estaba ahí, sentado en el sofá como todos los días en que regreso del hotel. Preparé unos huevos en salsa de tomate. Ya eran las 9 de la noche y Enrique todavía no llegaba a casa. Me parecía raro. Comí sola, tenía hambre; ya que llegara Enrique le serviría su plato.

Que raro que Enrique todavía no llegue, pensé. ¿Será el cumpleaños de Pedro? No, no era el cumpleaños de Pedro, su fiesta siempre era en agosto. ¿Mi suegra estará bien? Llamé a su casa y me dijeron que ya estaba dormida pero que estaba bien. Les pregunté si habían visto a Enrique y me dijeron que no, pero que seguro estaba con sus amigos. Tenían razón. Siempre soy muy aprensiva con Enrique.

Me fui a acostar. De repente pensé en qué pasaría si Enrique nunca regresara. ¿Disfrutaría del hecho de ya no tener un esposo? ¿Me fugaría a la casita de Luis en la montaña? ¿Continuaría siendo camarera? ¿Buscaría a alguno de los turistas alemanes para que me llevara con él y tuviera una vida más tranquila? ¿Podría recorrer el mundo? ¿Qué le diría a mi familia, a mis amigas? ¿Ya nunca tendría hijos? Nunca antes había pensado en mi vida sin Enrique. Enrique era parte de mi panorama, de mis mañanas y de mis noches. ¿Cómo sería la vida sin Enrique? No sabía por qué pero la posibilidad de que Enrique se hubiera ido me excitaba un poco. Aunque, ¿por qué me habría dejado? Creo que soy una buena esposa; siempre lo escucho, lo mimo, le doy de comer. Enrique dice que le gusta como me visto. ¿Será que encontró a una mujer que le da más emociones? ¿Qué es rica y lo lleva de paseo? ¿Será que mató a alguien y se fugó? Mi excitación comenzó a tornarse en miedo y el miedo, vertiginosamente, en certeza. Sabía que Enrique me había abandonado y, con la misma certeza, sabía que seguiría yendo por el mismo camino todos los días rumbo al mismo hotel de todas las mañanas. Sabía que limpiaría los cuartos empezando por el ala izquierda del sexto piso y que me tomaría un jugo con Susy. No le diría a nadie que Enrique me había dejado. Continuaría mis días hasta llegar a una solución más adecuada. Tampoco le diría a Luis. La angustia ya había encontrado morada en la boca de mi estómago. Sabía que tenía un día muy pesado mañana así que me esforcé para quedarme dormida. También sabía que lograría vivir sin Enrique. Antes de conocerlo había estado bien, ¿por qué no habría de estarlo ahora?

Me desperté y me di cuenta de que Enrique dormía a mi lado, no quise despertarlo y fui a la cocina a lavar los trastes.

Día 2 – 5 de enero de 2016

Ayer llegué a Cuba, iba con Juan Pablo, es una de las personas con quien comparto casa en la Ciudad de México. No nos conocemos mucho y los dos preferimos que así se quede. Sabemos que no coincidimos más allá de nuestro amor por el drama cotidiano e intrafamiliar. Nos gusta llorar con las películas amargas y reírnos como estúpidos siempre que podamos. El ríe con mayor frecuencia y más estúpidamente. De vez en cuando puedo ver una foto de sus nalgas en su perfil de Facebook (yo nunca haría eso). No somos compatibles. Sus amigos tienen yates en Miami y prefieren coger y reír a hablar y discutir. Yo prefiero preguntarle a mis amigos por el sentido de la vida. Los dos somos igual de estúpidos, últimamente me rodeo de pura banalidad, de estupidez y tengo miedo de que llegue a tal grado que no pueda salir más de esa condición.

Me he desviado un poco, he llegado a Cuba. Ayer me encontré con lo que estos últimos meses únicamente había podido imaginar y resulta que el lugar es más bello y más amable de lo que esperaba. Al llegar al aeropuerto no pareciera que uno esté en un régimen comunista, tal vez porque ya no es el caso. Cuba y la República Democrática del Congo se parecen en muchas cosas pero Cuba es más amable, la gente sonríe más y los niños juegan en las ciudades. El aeropuerto de La Habana es más lujoso que cualquier aeropuerto de Centroamérica, Panamá incluida. Lo que sí cambia y se agradece es como se desarrolla la ciudad. Las luces son menos, los letreros son nulos, el orden impactante. La gente camina por las calles de La Habana como si no tuvieran prisa pero si fuerza. Con ese afán de llegar pero llegar bien.

Alexis, quien nos recogió en el aeropuerto nos platicó que las calles de La Habana son tranquilas. “Aunque claro ya le he dicho a un español que siempre se queda con nosotros que no vaya con su anillo de oro”. “Él siempre responde que nunca le ha pasado nada, que siempre ha vivido y caminado con su anillo de oro”. “Claro, eso siempre es hasta un día.” Todo es hasta un día. Así con la vida de los países también.

La señora Romelia es quien me hospeda en una linda casa en la colonia Centro de la capital de Cuba. Tiene unos 70 años y es fuerte. Ya se ha enojado dos veces conmigo aunque hemos platicado en total unos 10 minutos. La primera vez fue anterior a mi llegada por haber, como siempre, cambiado mis planes. La segunda por haberme ido a dormir sin avisarle que ya había regresado como había quedado. Estoy acostumbrada a que a la gente no se le molesta en su casa, parece que los cubanos se molestan más de la desconfianza y tienen razón. Es mejor quien habla de quien no habla, la desconfianza en este lugar es en donde reina el miedo. Tengo dejos de espía por timidez y por mi temperamento socarrón. Cuba promete hacerme bien.

Digresión temporal. En el vuelo Ciudad de México – La Habana me senté junto a Juanita. Juanita parece ser una cubana encubierta de sinaloense, aunque tal vez diga la verdad y simplemente sea una mexicana que, como yo, tampoco entiende a México. Juanita lleva 20 años yendo asiduamente a La Habana; ahora se ha comprado una casa y todo indica que su familia (la escogida, no la natural) es de por allá. Yo les doy raite a los estudiantes que van a la universidad, son de Haití, de Ecuador; a veces, cuando no tengo nada que hacer me voy a ese camino y les doy raite – me dice con una sonrisa en la cara. “Te va a gustar Cuba” me dice, se ve que estás buscando tu propio camino y a esas personas les gusta La Habana.

Juanita me platica una historia: <<Una vez, en uno de estos viajes que siempre hago a la hermosa Cuba, me senté al lado de un muchacho. El muchacho era muy callado, muy tímido. No como yo, a mi no me para la boca. Bueno, era joven y empezamos a platicar, me dijo que él era pintor y que estaba muy contento con su vida. Yo le dije que eso estaba muy bien pero que, sinceramente, se veía triste. Es que no me gusta ir a México, me respondió. No me soporto la falsedad.  La falsedad. [Insistió ella con una mueca que no distinguía entre sonrisa y espanto, ella estaba de acuerdo pero se sorprendía de la precisión del “muchacho”.] Yo era drogadicto y mis padres, gracias a Dios, me mandaron a Cuba. En Cuba yo me he hecho un hombre de bien, puedo hacer algo. Si me hubiera quedado en México hubiera tenido un coche, hubiera sido un hijo de papi y no habría entendido nada de la vida. Mis queridos papás me salvaron.>>

Juanita me platica que quiere buscar la forma de que sus 7 nietos se vayan a La Habana a estudiar. La vida se va muy rápido y hay que aprovechar el tiempo para cultivarse, me dice. Juanita me da confianza y desconfianza al mismo tiempo, por un lado está su sonrisa y por otro está el halo blanco que rodea sus iris. Las personas con rarezas en los ojos me da miedo. Recuerdo que mi abuelo, el padre de mi madre, tenía glaucoma y los últimos años desarrolló una capa amarillenta encima de sus ojos. Esa capa me causaba repulsión, incluso náusea. ¿Me habré creído el lugar común y con melcocha de que “los ojos son las ventanas del alma”? Aparte de sus ojos, Juanita me dio desconfianza porque sin haber platicado conmigo ni medio segundo me pidió que compartiéramos las maletas al llegar al aeropuerto. Mi respuesta fue una evidencia diplomática de que eso me parecía una locura. Juanita usaba labial rojo y una cachucha negra. Me platicó extensamente sobre los cucuruchos de crema de coco que venden en la Provincia del Oriente, sobre las colas de langosta que se pueden comprar de contrabando en las playas del Este de La Habana (yo compro 50 colas cada que voy y las freezeo, me asegura) -me encanta el verbo freezear y casi todo lo pocho -, sobre las parrilladas de 7 CUC y de la yuca frita. A mi la que más me gusta es la comida criolla, aunque el chile es lo único que extraño de México. Una vez estaba un extranjero quedándose en la casa de mi amiga, no me acuerdo de dónde era, de esos lugares en donde está la guerra. ¿Siria? Le preguntó. No, no, él era negro, no me acuerdo, bueno no importa. El asunto es que tenía un picante muy sabroso y yo le decía a mi amiga que le robara y pues le robábamos. Estaba muy rico ese polvito que tenía. Él luego se volvió malo, empezó a llevar a muchas mujeres a la casa y luego acusó a mi amiga no se de qué…

En algún momento ya no sabía cómo hacer para que Juanita se callara, estaba cansada, tenia ganas de leer y pues ya no podía mover la cabeza como signo de escucha atenta. Me pasa que siempre que hago eso por mucho tiempo me empieza a doler la cabeza. Así que aproveche el momento de silencio de Juanita y volteé hacia la ventana, después recliné mi cabeza sobre el respaldo y cerré los ojos. Cuando volteé Juanita estaba dormida. ¡Victoria! En la salida del aeropuerto me despedí de Juanita, me dijo que le hablara cuando quisiera y que por 10 dólares la mujer que la atendía podía cocinar para mi. Son raros los amigos del asiento contiguo en un avión.

Alexiss me dijo que me recogería a las 6:30 de la mañana para llevarme a la Línea Azul para que tomara el ómnibus hacia Cienfuegos. Él como todos los cubanos no me preguntó, sólo me informó. ¿Me oíste? Te preguntan. Su esposa me llamó para confirmar. “Mushasha, Alexis va a recogerla a las 6:30 para llevarla a la estación. ¿Me oíste? A las 6:30. Bonita noche, linda.” Yo ni siquiera tenía que responder, tenía que oír, como bien te repiten los cubanos. Me gusta que acá a la gente le gusta repetir lo que dices, aunque eso tome tiempo. El asunto es que todo quede claro, que el interlocutor haya escuchado. ¿Qué será el asunto de la escucha en Cuba?

En efecto Alexis llegó a las 6:20. Yo dejé mi celular a propósito en México y me había quedado sin dispositivo que me despertará. El dispositivo que me despertó, aunque estuve toda la noche pendiente de despertarme -y lo hice a las 2, a las 3 y a las 4 de la mañana- fue la señora de la casa en camisón diciéndome: ¡Muchacha, pensé que no habías regresado anoche! Alexis te está esperando. Logré lavarme la cara y los dientes rápido y salir corriendo. Eso de oír no se nos da a los mexicanos.

El ómnibus salía hasta las 11 de la mañana así que tomé un taxi colectivo con dirección a Cienfuegos. El chofer traía reggaetón y bachata a un volumen bastante alto durante las 3 horas del camino. Produce algo extraño en mi estar escuchando esa música con referencias a Miami y a las marcas de autos cuando todo lo que se ve afuera son campos y, de vez en cuando, letreros acerca de la Revolución. Nuestro mejor amigo, dicen unos letreros debajo de la cara de Hugo Chávez. Otro amigo internacional es Mandela. Lo que más me ha sorprendido de esas insignias es una constante que dice “Orden, disciplina y excelencia”. Orden, disciplina y excelencia, todo lo que me falta. Interesante como en Cuba se enfatiza el valor del esfuerzo y el trabajo colectivo y en México, o cualquier país capitalista o en vías de, se enfatice en la comodidad.

El trayecto liso y sin mucha novedad, el cambio constante eran los diferentes cultivos, tampoco tan variados entre la palma de azúcar, el tabaco y el maíz, se iba dibujando plano, como una película en donde lo mejor que se puede hacer es tener un convertible y una buena cabellera. No estamos en las películas, estamos en Cuba.

Uno de los pueblos por el que atravesamos sorprendentemente no tiene autos. Los vehículos de transporte son las bicicletas y las carretas jaladas por caballos.

Cienfuegos me recuerda a Kisangani y a Cartagena, es un punto intermedio entre África y el museo de las ciudades UNESCO. Todavía estoy embelesada por las calles y la forma en que los cubanos caminan en medio de las mismas como si pisar la banqueta fuera una actitud de turista perdido. Las calles son de los cubanos. Incluso los perros callejeros caminan en medio del asfalto. En Cienfuegos los autos no mandan. Tampoco en las noches de La Habana.

La primera noche que estuve en La Habana salí a caminar a lo largo del Malecón. Pizzas de queso, parejas tomadas de la mano, grupos de amigos, pizzas de queso. Tenía hambre y me comí una pizza de queso por 10 pesos moneda nacional. Caminando sin rumbo pero bien atenta a no perderme me encontré con un callejón/centro-cultural en donde unas tinas estaban empotradas, a manera de lienzo, sobre uno de los muros. En una de las tinas se escribían unas preguntas: Abuela ¿dónde vive la envidia? En la soledad.

Me gustan los letreros de estas calles. “Toque la puerta, hay perro y muerde”, “Hay perro” –justo abajo un canino asoma su cabeza-, “No hay pan, la panadería está rota”. Y claro, todos los balcones llenos de pedazos de tubería, tuercas, mangueras y otros artilugios con números enfrente de ellos. “A la venta carro de niño”, “Se vende la segunda casa”, “Se permuta”, “Se alquila 3 cuarto”. Las tiendas del estado ya tiene varios shampoos y  papas Pringles. Nunca subestimes el poder del dinero.

Me la vivo buscando espacios en donde vendan comida en moneda nacional, me quiero alejar de los CUC y de las personas con pantalones kaki y lentes de sol alargados, aunque uno siempre cae. Hoy tomé un café al lado de una pareja de suizos. Me encantó platicar con ellos, el esposo habló más que ella. Él era historiador y maestro en Basilea, su lucha desde los 80 había sido valorar la potencia de la historia oral por lo que había hecho un proyecto detallista sobre el cómo se recordaba en los pueblos suizos la llegada de la electricidad. Como buen alemán recordaba la razón por la que había hecho cada una de sus acciones. Grabé a mi abuela, me dijo, y después, cuando ella había muerto y yo no sabía que hacer con su voz, llevé las cintas al archivo local. Un día le dije a mi hija que si quería ir a escuchar a su bisabuela, me dijo que sí pero nunca encontramos el tiempo. Todavía me pregunto qué sentido tiene guardar fantasmas en cintas electromagnéticas. Uno de mis amigos empezó el furor de la historia oral en los años 90 y fue a entrevistar a una señora de unos 80 años, la señora antes de que empezara la entrevista le preguntó que por qué hacía eso. Él no supo responder y renunció a la historia oral. Si no sabía responderse porque lo hacía no tenía sentido hacerlo. Mundo alemán.

Yo les platiqué de mi estancia en Viena y de cómo en Viena extrañaba a la Ciudad de México y de cómo extraño Viena en la Ciudad de México. Los tres acordamos que la metáfora de que los europeos son como cocos y los americanos como duraznos era adecuada. Me hablaron de su círculo de amigos y del dilema al que se enfrentan ahora que una pareja amiga se divorció. Los alemanes piensan detenidamente en estas cosas, eso es lo que extraño de vivir allá. Los mexicanos creen que el tiempo resolverá todo.

Finalmente les platiqué de un proyecto que estuve realizando hace poco sobre la escritura de cartas de amor en la Plaza Santo Domingo y él fue muy inteligente en ver que mis preguntas eran demasiado amplias, demasiado rígidas para poder entrever la especificidad de cada una de las historias. Él también me aseguró que el amor era territorio de los poetas y que ningún otro tipo de escritor tenía derecho a inmiscuirse en el tema, lo podrían dañar me aseguró. Tal vez los novelistas tengan algo que decir en torno al amor pero los cuentistas y mucho menos los ensayistas pueden ser merecedores de dichos pasos.

Ellos, como pocas parejas que he conocido, estaban verdaderamente enamorados. En esta encrucijada con los amigos que recientemente se divorciaron me platicaban que un día el exesposo había llegado con ellos junto con su, en ese momento, esposa para decir que ella decía que lo amaba pero que nunca lo demostraba. ¿Cómo puedo ver tu amor? Le preguntaba. Ella respondió que en la forma en la que planchaba y guardaba sus camisas. Esa demostración de amor era irrisoria para él. Después les preguntó a ellos que cómo sabían que el uno amaba al otro. Ellos se quedaron perplejos, lo pensaron por un momento, y decidieron que nunca se pondrían a desmenuzar el amor del otro. Saben que es un asunto frágil y valioso. Nosotros somos personas de un solo amor en la vida, nos conocimos cuando ella tenía 14 y yo 17. Eso lo decían mientras se veían a los ojos y sonreían.

Llego el momento incómodo en que todo turista que recién ha conocido a otro turista y se ha interesado en la plática, se da cuenta de que ya han pasado 2 horas y que es mejor partir sin que suceda mayor percance. Así que nos despedimos de un apretón de manos y nos deseamos una buena estancia en estas tierras lejanas para todos nosotros.

Cartas de amor desde la Plaza Santo Domingo

Creo fervientemente que el amor romántico ha destrozado mi vida y la de muchos otros. Ha creado un fantasma, una meta alegórica e inalcanzable que hace que todos mis días parezcan monótonos sin él. Imagino orgasmos mágicos, comprensiones milenarias, encuentros profundos como hoyos negros. Tengo 30 años y aun no entiendo de historias de amor. ¿Será que el amor como me lo han presentado es imposible? ¿Será que necesitamos desmantelar nuestras nociones de amor para poder, entonces, ser capaces de amar?

9 de noviembre 2
Foto: Francisco Betanzos

Una reflexión pública y participativa de nuestra configuración del amor es necesaria. Como diría el filósofo Alain Badiou, el amor debe ser reinventado pero aún más importante, debe ser protegido, porque se encuentra amenazado por muchos frentes. México está pasando por situaciones sociales alarmantes en donde la violencia gore y su espectacularidad son la moneda de cambio del discurso público. ¿Qué implica entonces hacer un llamado público y escrito para reflexionar sobre nuestras ideas en torno al amor? ¿Es el amor algo más que el “romántico”? ¿Se puede pensar al amor como un acto político? ¿Cómo una acción cotidiana? ¿Cómo una configuración social? ¿Cómo un acto consciente?

Video by Francisco Betanzos

Se escriben cartas de amor gratis en la Plaza Santo Domingo. Jueves, Viernes y Sábado de 16:00 a 19:00 hrs.

Agencia Electro Edípica

Agencia image

Todos queremos coger con nuestros padres y nunca lo hacemos; según Freud esa es nuestra falta primera, trauma constante. Este audio busca poner a la venta nuestras fantasías de eroinfancia. Quedándonos con una pregunta irresoluble ¿qué hubiera pasado si Edipo nunca se hubiera arrancado los ojos?

Nota: La Agencia ElectroEdípica le sugiere conseguir unos audífonos para establecer la comunicación.

https://soundcloud.com/tepetongo-bal…/agencia-electroedipica

Parte de la exposición “Resistencias Inmediatas < 10 cm. pornorotica en miniatura” publicada  en Hysteria.mx.

Nada que escribir

“Hoy no tengo nada que escribir” se dijo a sí mismo.

Estaba cansado de ser escritor, de intentar escudriñar todos los detalles detrás de las caras conocidas. De buscar historias macabras en donde únicamente habían ordinarias. No sería un escritor nunca más. Lo había decidido. Cambiaría de profesión. Cambiaría de ciudad y, por supuesto, dejaría a su mujer. Enterraría la máquina de escribir en el patio trasero de la casa de su abuela. Escribiría un epitafio a su insípida carrera como poeta inmaduro.

“Ya no seré escritor” se dijo a sí mismo.

Juró ante el espejo que no dejaría que las palabras lo sedujeran nunca más. Acabaría ese nauseabundo mundo de ilusiones y construcciones perfectas. Terminará la errabunda rutina de buscar personajes en sus recuerdos.

¿Qué le quedaría entonces?

Por más que odiara las páginas que escribía no encontraba otra forma de explicarse el mundo. No había otro espacio en donde se sintiera más libre que en el momento de imaginar una historia. La historia que escribía después nunca terminaba gustándole. Sin embargo era ese momento mágico, aquel en el que tenía la primera oración del cuento, cuando podía ver el mundo con otros colores. Como si, de repente, todas las historias que había leído en su adolescencia prometiéndole mundos repletos de intelectuales y rebeldes se hicieran tangibles. Como si esos nuevos colores se condensaran en una capa que se interponía entre él y la realidad. Al momento de escribir incluso el encargado del bar que servía una copa de vino cambiaba de forma; los movimientos, los pensamientos detrás de su sonrisa se volvían interesantes, misteriosos.

¿Podría vivir sin escribir? Se preguntaba.

Lo había decidido, dejaría esa quimera suya de ser escritor.

Se quitó el saco y la camisa que llevaba puesta. Tomó la máquina de escribir y salió a la calle con el pecho descubierto. Hacía frío, era un día de finales de noviembre, todavía no había caído la primera nevada del año. Cerró la puerta detrás de él. Bajó las escaleras. Empezó a caminar, una fuerza más allá de lo que imaginaba se apoderó de él. Ya no era el mismo.

Arrojó la máquina en una vereda, le encantó escuchar el sonido metálico. El sonido de la máquina siendo destrozada.

Ya no estaría supeditado a sus inclemencias, a su necesidad de escribir. Se liberaría de la fuerza que no lo dejaba dormir.

Continuó caminando, parecía no sentir frío. Dejó la ciudad atrás, el camino se convirtió en montaña y después en pueblos, uno detrás del otro y en más montañas. Encontró un árbol robusto y triste, se incó frente a él y lloró.

Estamos de luto

Estamos de luto. No puedo entender cómo es que gozamos de los bailes y el albur cuando están quemando nuestras casas, tienen nuestros cuellos en la guillotina. No podemos reír y gritar que estamos cansados. Necesitamos algo más.

Por más doloroso que sea, no podemos revivir a nuestros muertos. Esa es hazaña de dioses y nosotros somos mortales. Enfrentemos y aceptemos nuestra humanidad. Nuestra condición de personas viviendo en desgracia. Afrontemos nuestras características y olvidémonos de supuestas supremacías coloniales. Nada es más aborrecible que la autocondescendencia de un pueblo. Somos muchos y tenemos fuerza. Tenemos cualidades maldita sea, usémoslas.

Nos han matado, nos han secuestrado, nos han mentido, nos han arrebatado la libertad de palabra, nos han enclaustrado en una jaula de miseria. Lo hemos aceptado. Aceptamos los ríos de sangre que fluyen por entres las piernas. Estamos acostumbrados a vivir con fantasmas mutilados. ¿Por qué?

Si pudiera

Si pudiera elegir

Nacería del mismo modo

Con la misma piel y la misma lengua

Si pudiera,

Elegiría mis miedos otra vez.